Los peligros de manejar un tráiler

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Siempre imaginé que ir a trabajar con mi papá sería una aventura como las películas de Hollywood o las series de televisión o Netflix. Creía que acompañarlo en su tráiler significaba ir bebiendo café caliente en termos, escuchando glam rock a todo volumen y haciendo una que otra parada en una cafetería o restaurante donde nos atenderían meseras con estilo clásico, es decir, vestidos medianamente cortos y sus mandiles blancos. Pero la realidad es más peligrosa que como nos la muestran en la pantalla grande o chica.

Hace un par de semanas aproveché las vacaciones en la universidad para decirle a mi progenitor que me permitiera acompañarlo en su viaje, parecía reacio porque sabía de los peligros a los que estaba expuesto, como asaltos al transporte, choques, posibles volcaduras, etc. Mi mente ya se estaba saboreando el café que me serviría una hermosa mesera, cuyo rostro no reflejaba el cansancio de laborar desde la tarde hasta la mañana del día siguiente. Después de rogarle por algunos minutos, mencionarle que quería conocer más de su trabajo, el cual ha permitido que yo tenga una universidad de paga y le permita darme uno que otro gusto como los videojuegos, aceptó llevarme con él.

La travesía inició por la noche, eran aproximadamente las 23:00 horas cuando nos subimos al gran tráiler lleno de material de construcción. Mientras mi padre revisaba que todo estuviera en orden con su vehículo yo servía dos termos con café bien cargado y con bastantes cucharadas de azúcar, mientras terminaba de descargar una playlist en Spotify con canciones de David Bowie, Twisted Sisters, Alice Cooper, Skid Row, entre otros. La aventura se pondría intensa, literalmente.

Después de tres horas de camino ya moría de hambre y de aburrimiento, por lo que mi padre se detuvo en un lugar de la carretera, pensé que era el momento de conocer aquel rústico restaurante y café de 24 horas. Pero no, a un costado de la carretera había un cafetero, un señor con un carrito que se ponía a vender pan de dulce, tamales, atole y café. Ahí cenamos. Me había desilusionado un poco, pero lo dejé pasar y volvimos al camino.

Cuando estábamos por llegar a nuestro destino, mi padre tuvo que realizar una maniobra brusca con el volante para evitar chocar con un automovilista que se había cruzado al carril de sentido contrario. Este movimiento hizo que algunos de los flejes que sostenían la mercancía se rompieran, provocando que ésta se cargara a un lado y el camión comenzó a voltearse. El corazón se me aceleró, sentí miedo como nunca antes en mi vida, pero no podía moverme, sólo observaba cómo a mi padre le habían crecido cuatro brazos más y movía las manos de un lado a otro, para evitar que cayéramos al barranco y muriéramos.

No sé qué hizo o si fue alguien de allá arriba que nos estaba cuidando, pero la parte donde llevábamos el cargamento se soltó y se fue al barranco, lo perdimos todo debido a que el conductor que cambió de carril se quedó dormido. Tuvo que pasar un tiempo en la cárcel y pagar gran parte de lo que habíamos perdido.